lunes, 21 de diciembre de 2015

Niebla

Difuminaba baldosines, aceras, calles -¡la ciudad entera escondía! Cubría todo con una capa suave, marfil, cercana a lo imperceptible al principio; paradójicamente contundente al final. En su aparente inofensividad residía, expectante, el peligro. No era agua en sí; incapaz de calmar sed o limpiar heridas. Tampoco aire; no movía las hojas de los árboles ni permitía que se volasen las cometas. Sólo calaba a su debido tiempo.

Los pájaros huían de la blancura, que eclipsaba al mismísimo Sol. Así pues, a su compás se hacía el silencio y con su complejo de rocío y de oxígeno a la vez, sin ser lo uno ni lo otro, Niebla crecía. Se expandía. Llegaba a los rincones más recónditos y esperaba. Norte, sur. Este, oeste. La primera reacción de sus víctimas era mínima: la miraban, comprobaban que no causaba ningún daño y avanzaban con sus vidas. Inalterable, Ella aguardaba firme en el mismo lugar con la esperanza de que aquella ocasión fuera diferente. De nuevo, sin éxito: frío.

Llegaba el caos. Repentinamente provocaba accidentes múltiples por ser aquello que era y que no recordaba haber tenido la oportunidad de elegir. No había chubasquero que la resistiese y allá por donde pasaba todo acababa mojado. Todo, empapado de esa humedad que hurga hasta los huesos y se instala, pero la cual por más que aprietes no escurre. Sin darse cuenta, así, se liberaba de su tristeza encadenando a otros.

Y es que Ella era eso. Nada y todo, como un experimento fallido a base de reactivos perfectos que acaba en producto desastroso debido a quién sabe qué error de medida. Su conciencia pagaba aquel fallo de la que no era responsable haciendo añicos su autoestima, ya solo visible al microscopio más moderno. Se le hacía imposible asumir su naturaleza, pues llevaba intrínseca la capacidad de desvanecer lo que tocaba. No tenía nada brillante que desprender, no albergaba alegría ninguna con la que definir límites y lograr objetivos alcanzables. Su afán de todo la dejó con nada. Era niebla.

lunes, 13 de enero de 2014

Declaro la guerra a las sonrisas que nunca llegan y que siempre espero.

Les declaro la guerra a las preguntas que sólo tienen respuesta si pertenecen a dos personas que se ponen de acuerdo. A esas mismas que si estás solo te rompen; no de un gran golpe, pero si de cientos de ellos pequeños que al final acaban con el mismo doloroso resultado.

Les declaro la guerra a las pausas, especialmente a las que incitan a recordar cosas que provocan ríos salados en las mejillas. Irónicamente no se vive de los recuerdos ni tampoco de los olvidos, pero sí de una mezcla de ambos que nos mantiene "estables" emocionalmente.

  También les declaro la guerra a las comillas, a los "pero", a cualquier cosa que cambie el significado, aparentemente bonito, de algo. Porque cuando digo "estables", entre comillas, me refiero a esa parte del camino (o del precipicio) en la que no sabes si estás al principio, en el medio, o en el final; y por tanto, ignoras cómo escapar.

Declaro la guerra a la piedra de la que llevo colgándome con una mano tanto tiempo, esperando algo -quién sabe qué- que nunca llega. El problema, como siempre, es que no sé en qué parte exactamente estoy del barranco. Puede que (ojalá) me encuentre en la parte más baja y el golpe se resuma en unos simples rasguños, y que a partir de ahí sólo me quede subir. Quizás... quizás esté en el medio. Y la caída duela; pero de esto que te rompes algo, se cura y vuelves a intentarlo. O a lo mejor, bueno, más bien a lo peor: puedo estar sujetándome con la punta de los dedos en lo más alto del abismo, cerca del cielo y precipitarme igual. Bueno, igual no, la bajada sería mortal.

Y... eso. Le declaro la guerra a esa independencia "inútil" que tenemos todas las personas de los demás desde el día en que nacemos hasta el que morimos. Del dolor, de que nuestra vida se base en si pueden los demás o no sin mí y que la respuesta sea un "¿lo dudabas?". Que tenga que ser jodidamente bonito que llegue alguien con su mano y te salve del agujero, al igual que puede ser tremendamente horrible que esa o cualquier otra persona esboce una sonrisa al verte caer. Como si hubiera alguna luz o cuerda capaz de iluminar o salvarte del camino, del salto al vacío, que un día decidiste dar. Guerra, a aquellas decisiones que se encargan bien de marcarnos o bien, de matarnos.







domingo, 5 de enero de 2014

Y... enero, hielo; en vena.

Si hay algo difícil en esta vida es creer en algo (o en alguien). La ilusión de cada día, de cada momento nuevo. El saber que todo va a ir bien, a pesar de todo. La confianza. Fiarse de una persona y arriesgarse a que esta te empuje significa mucho. Como tener una llave y miles de puertas. Escoger una, no sólo porque parezca encajar por sus colores y estilo, sino también por el dulce sonido que parece haber tras ella. Das tu única llave, aún sabiendo que podría pertenecer a cualquier otra cerradura. La esperanza en bandeja, como plato principal y hasta de postre. Un ruido sordo, y una gota de agua que antes pertenecía a un ojo en el suelo. Llega el invierno en el portal. Cerrada a cal y canto, atasco en el corazón. Silencio. Aquella confianza empezó a meterse dentro, aún quizás sabiendo, en el fondo, que aquel no era su lugar, que aquello acabaría siendo una cárcel en vez de una habitación cómoda en la que vivir. Las intuiciones nunca fallan. Al igual que cuando te preguntas si de verdad quieres a alguien, y en realidad es que ya has empezado a dejar de quererle. De repente te encuentras allí rodeado de puertas que no dejan de abrirse, las cuales no hacen más que unir a personas que se entregan todo lo que tienen, más que nada porque el quererse impide el paso de mentiras. Una puerta y una llave que, por desgracia, no se complementan tanto como a la segunda le gustaría. Frío. Tu capacidad de creer en cualquiera se ha quedado encerrada en un lugar del que quizás nunca salga. Y tú ahí, esperando a que te apagues del todo, a morir; porque a veces el cuerpo no es suficiente para seguir vivo, a veces necesitas ilusiones para seguir adelante: ganas. A veces, necesitas querer, y ser querido. Y a veces, muchas más de las que querría, esas ganas se equivocan de camino y se empeñan en conseguir algo que lo único que hace es huir de ellas. Puertas que siguen cerradas, promesas de papel resumidas en una cerradura rota y... enero, hielo; en vena.

sábado, 28 de septiembre de 2013

El tiempo no cura las heridas que necesitan puntos.


A veces confundimos saber el significado de algo con comprenderlo. En los diccionarios, el tiempo aparece como "duración de las cosas sujetas a cambio". Nunca estuve de acuerdo con aquel significado desde que, una vez, escuché a alguien decir que el tiempo era lo que pasaba mientras se curaba una herida, y que siempre pasaba. Eso fue hace mucho, por aquel entonces en el que yo aún creía en que las palabras eran realidades escritas o pronunciadas, y no los barcos de papel que se hunden con una gota de agua en lo que se han convertido ahora. En realidad creía que el paso de los días transformaría todo el dolor, poco a poco, en cicatrices que luego acabarían desapareciendo. ¿De verdad soy yo la que se creía una pesimista? Porque es la mejor idea de poder llegar a ser feliz algún día que he tenido en mi vida. Creer que ahí, a lo lejos, en la cima de la montaña, el dolor de pies se convertirá en satisfacción y ganas de volverla a bajar porque al otro lado se encuentra, llámese algo o alguien, capaz de quitarte todas las postillas producidas por el arduo camino sin dejar una sola huella de ellas. Qué bonito parecía el tiempo creyéndose enfermero y poniendo tiritas. El problema es que aquel señor sólo tapó una herida que necesitaba puntos y que seguiría sangrando y doliendo mientras no llegase alguien que supiera coser. Siempre nos empeñamos en esconder cosas como para tratar de demostrar a los demás que somos fuertes y felices, cuando la persona que más se merece saber que aquello sigue en carne viva y se siente con cada roce, quien menos merece mentirse y sufrir, somos nosotros mismos. Una guerra continua sobre si lo más duro es la llaga o el hecho de aceptar que ésta sigue ahí como el primer día solo que menos visible. Pero de repente, mientras estés pensando sobre cómo subir unas escaleras mecánicas que van hacia abajo, puede que llegue alguien que te encuentre las heridas. Que en vez de, como el resto, tire balas sobre ellas, las alimente y las haga crecer; en vez de eso, coja hilo y te las cosa con cuidado, punto a punto, preguntando cómo has podido con todo aquello tanto tiempo y en silencio. El tiempo. El tiempo es aquello que merece, no menos, que pasarlo con alguien que sepa dar las puntadas precisas en los cortes adecuados.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Sí, se puede decir que mi corazón también es miope.

Si digo que soy miope pensarás en el sentido de la vista. De no ver de lejos, y en parte llevarás razón. Es algo con lo que crecí y me acostumbré. Sin embargo, mi cerebro envidiaba aquello de poder ver con exactitud lo cercano, lo que estaba a centímetros de mí, y desenfocar lo lejano. Aprendió a querer con los ojos, esta vez no de la cara, sino de ese órgano que protegen las costillas y dicen por ahí que bombea sangre al resto del cuerpo. Sí, se puede decir que mi corazón también es miope. Algún día acabará por quedarse ciego del todo, porque, ¿sabes qué pasa? Que cuando ves de cerca, el verbo "ver" se convierte en "observar", y cierto esfuerzo llega hasta ciertos límites. Que a veces, los pequeños detalles son buenos, buenísimos; pero que el triple de veces son lo contrario.Y que si con cada latido viera más de cerca cada vez a las demás personas, luego no sabría cómo echarme a atrás, cómo decir "hasta nunca jamás, distancia de seguridad". Porque cuando observas de cerca, el verbo "observar" se convierte en "leer". Y eh, cuidado: los otros dos verbos anteriores a este los podías hacer voluntariamente, pero una vez que aprendes este último, no puedes evitar hacerlo en todos lados. Qué difícil aprender a leer personas, por no hablar de cómo resulta después olvidar hacerlo. Porque cuando unos ojos se vuelven poesía y una sonrisa una novela, no puedes no seguir, no hacerles caso a lo que te quieren transmitir. Las cosas que más merecen la pena saber son aquellas que mejor se esconden. Como eso de "las maravillas del mundo". Quizá la mayor maravilla sea el propio mundo. Quizá debamos escuchar el doble de lo que hablamos, porque por algo tenemos una boca y dos oídos. Quizá a veces lo que nos impide avanzar es un espejo y no la famosa piedra que todos supuestamente tenemos en el camino. Quizá sentir algo con una parte del cuerpo que funcione a medias, no esté tan mal. Porque quizá, lo que de verdad importe, sea lo que está aquí a mi lado y no lo de allí lejos. Porque quizá esto de tener una patata que le guste leer mucho a los demás desde muy cerca está bien. Y porque quizá yo a veces confunda términos como "aptitud" y "actitud". O como leer y querer.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Dejó de doler, pero quedaron marcas

El problema es que cuando alguien que te importa se va, siempre es demasiado pronto. Que cuando alguien te dice que no llores no es que le hagas caso, es que ya se han acabado las lágrimas por verter. Que los sueños quizá se cumplen, sí, pero siempre hay un "pero" de por medio. No sabes lo que daría por poder referirme al árbol, y no a todas esas cosas que tenemos que pasar en medio de una gruta estrecha; en la que lejos ya de un principio, esperamos llegar pronto a un final que nunca aparece, que siempre se alarga. De pequeña me encantaba saltar por encima de las piedras, en los charcos, y andar por los bordillos. Me caía, esperaba a que se me cerrase la herida y lo volvía a hacer. Y así. Qué curioso que hoy día haga prácticamente lo mismo, pero no exactamente igual. Uno de mis sueños de entonces era que las cosas cambiasen a mejor, pero (cómo no) no tuve esa suerte. Las piedras se convirtieron en mentiras que según iba intentando cruzar, crecían más y no me dejaban paso, chocándome con ellas. Y cómo sentía los moratones en todo el cuerpo; sobre todo en algunos momentos, en los que quien había decidido alimentar a la piedra durante todo aquel tiempo, se aburría y me la tiraba, a veces en la cabeza, a veces en el pecho. Dejó de doler, pero quedaron marcas. Los mayores delitos nunca serán considerados como tales, porque los golpes, aunque no se vean ni de lejos ni de cerca, afectan igual o incluso más. Aquellos a los que consideramos los más listos del planeta siempre dicen que el cerebro humano no está desarrollado en toda su capacidad. Normal mientras seamos los mismos que sufrimos al momento de la desgracia y que luego nos ponemos una venda en los ojos. "Borrón y cuenta nueva". Nunca es lo mismo escribir en un papel limpio, en blanco, que en otro donde un error ha sido borrado u ocultado. Quizás no quede resto de negro, pero cierto tono gris no desaparece por completo, como en mis charcos de ahora. Está fatal meterse de lleno en un sentimiento. Por eso de que luego te salpica de arriba abajo y por más que salgas no puedes deshacerte de él por completo. Y así de uno a otro, hasta que ya no sabes de qué color ibas vestido aquel día antes de que toda esa mierda se apoderara de ti. En realidad, me considero un caso perdido porque arriesgo para llegar al final del bordillo cuando sé que no tengo la suficiente fuerza moral ni equilibrio psíquico como para conseguirlo. Pero por el "por si acaso sale bien, no tengo nada que perder". Y al final lo consigo todo menos ganar. El día que mi vida esté en armonía será aquel en que se cierren las heridas del todo y no vuelva a aparecer ninguna más. El mismo en el que sólo quedarán cicatrices que recuerden el daño, porque significará que me he rendido para no volver más. Pero ojalá nunca deje de sangrar, ni tampoco de ir en busca de aquello a lo que soléis llamar "felicidad".

sábado, 14 de septiembre de 2013

Y es que qué ilusas somos las personas.

Qué difícil hablar de sentimientos. Hablar de felicidad. De tristeza. De sueños. De esperanzas. De odiar. Y sobre todo de querer. Las personas somos muy dadas a querer pertenecer a algo. A no aguantar sentirnos solas, porque si tenemos oído será por algo, al igual que la boca. Siempre seremos dueños de los abrazos que nos dan, y a su vez, perteneceremos a quien nos preste sus brazos de esa forma. Y es en ese puto momento, en el que viene el problema. El problema en el que la gravedad deja de sostenerte a la tierra y deja esa ocupación al propietario de aquellos brazos que parecían aguantarte mejor que cualquier arnés que se pudiera inventar. Y es que qué ilusas somos las personas. Cuánto nos gusta creer en lo bonito y desechar lo malo. Dejarnos llevar. Cerrar los ojos, subir, bajar; confiar en que  puede que exista gente que haga volar sin necesidad de hacer que levantes los pies del suelo. Porque en realidad, la realidad no importa en absoluto. Importa más lo que sientas que lo que veas. Y menos lo que hablen que lo que tú creas. Convicciones que un día, con la mente más relajada, habrías creído locura, pero que sin embargo hoy, las crees poniendo la mano en el fuego. De repente pasa y no puedes escapar. Sensaciones que mientras tu alrededor viaja en autopista y con el día soleado, a ti te hacen subir a una montaña en caminos de tierra, todo curvas, baches y un huracán en el que perderse con el miedo que te oprime. Miedo porque las cosas que un día vienen sin esperarlo, otro día se van con menos aviso todavía de cuando se presentaron por primera vez. Nunca me gustaron las sorpresas. Porque cuando son para bien, no sé qué hacer, es como que me quedo sin aire. Y cuando son para mal... cuando son para mal me quitan la respiración. Las despedidas hacen que la gravedad tenga que volver a hacer su trabajo y ésta, aunque acostumbrada a hacerlo ya antes, nunca se parecerá a aquellos dos arneses. Y es entonces cuando estás pegado a la tierra, sí, pero vas de lado a lado sin saber exactamente un rumbo fijo. Porque el miedo a querer a alguien lo suficiente como para volver a caerte del abrazo desorienta más que cualquier droga habida y por haber. Y sobre todo duele, duele aunque otras miles de personas intenten hacer de anestesia. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Mejor no hablemos de perderse en la "o" de otra persona.

Nunca le di significado a aquello de "tirar la toalla" hasta que creí darme cuenta de que significaba tirarme a mí misma, abandonar toda la ilusión que algún día tuve. Y sin embargo, no. No era eso. Porque como todo, y aún más a la hora de ser feliz, tiene dos partes. Tu parte de la toalla y la que los demás se han ido ganando poco a poco. Y es duro eso de compartir, cómo duele. Una historia basada en guardar algo para mantener a los demás y perderte a ti. O también un cuento en el que permanecer tú y perder a quienes alguna vez te quisieron acompañar hasta aquel final tan bonito del cual todos hablaban. Y qué ironía. ¿Acaso hay algún final bueno? ¿Acaso hay algún adiós que no duela? ¿Acaso fue fácil tirar la moneda y escoger el camino a tomar al azar? Mi respuesta es un "no" rotundo, el típico que gritas cuando te dan una mala noticia que no quieres creer, que no puedes asimilar. Y qué bonita es la "o" de esa sílaba. Me refiero al no tener ni principio ni final, ni cabos sueltos; un bucle y poco más. También me recuerda a los hoyos. Aquellos en los que no descubro que me he caído dentro hasta que estoy dando la vida por salir y que incluso a veces, sin quererlo, he cavado yo. Soy especialista en hacerme daño y no querer verlo, mucho menos mostrarlo a los demás. Cuando, en realidad, puede que todo se base en la toalla. En que si hay personas que la comparten conmigo, al agarrarme a ella, me puedan sacar del agujero y ayudarme a ver la luz.  En realidad, puede que todo se base en querer un poco más y hablar un poco menos. En dar, dar y hacer felices a los demás aunque implique perderme a mí. Porque oye, si hablábamos de que vivir sin principios ni finales era bonito, mejor no hablemos de perderse en la "o" de otra persona. Sin preocupaciones de cómo empezar o terminar, simplemente de hacer que la vida siga girando, con complejo de noria o de montaña rusa, con la seguridad de que alguien te estará agarrando. Y de que no siempre es o tú o yo, a veces cabe la posibilidad de un nosotros. Así, con muchas "o".

jueves, 5 de septiembre de 2013

Negro.

Últimamente han estado muy presentes los colores en mi vida. El verde, la esperanza. El rojo y su calor, acompañado del naranja para acabar siendo un amarillo apagado, una ilusión muerta. El blanco, el bien, la inocencia, que lejos ya de una infancia prácticamente acabada quiere convertirse en gris. Siempre me llamó la atención ese color, porque aunque fuese claro, a mí me inspiraba algo más oscuro y profundo; me recordaba a las nubes. Y ellas a su vez, las tardes de libros y lluvia. El agua que se niega a no tener color y nos hace creer que es azul de tanta envidia que le tiene al cielo. Me recuerda a mí. Yo también parezco transparente, a veces, invisible entre cientos de tonos que se combinan y forman otros y me dejan en un pequeño rincón, sola e incomprendida como tantas otras veces. Yo, si pudiera elegir ser un color, sería también azul, turquesa, viva, tranquila, con calma, feliz. Si pudiera haría muchas cosas, la verdad. Sin embargo, en el caso de ser un color, sería el negro. Tragándose a todos los colores en su esplendor y sin poder reflejar ninguno de ellos. Absorbiendo tanto el dolor de otros como el propio, y callando. Callando porque el hablar para decir nada es inútil. Callando porque cuando muchas cosas vienen juntas, se amontonan en la puerta y no hay manera de hacerlas salir. Nunca fui de hablar para transmitir algo que a alguien le pudiera interesar. Nunca fui de pensar en que quizás, si me tragaba partes de muchas personas, al final tendría que dejarme a mí de lado para que ellas cupiesen a gusto. Para que un día, de repente, alguien exija aquella pequeña porción de sí que un día prestó. Y sea entregada dejando una marca, una huella, un vacío. Así con toda aquella gente que en algún momento me dio algo aún sin saberlo y yo, decidí guardarlo como si valiese. Y anda que si valía. Valía todo el vacío que ahora hay en algún lugar dentro de mí, y que mi esencia se niega a llenar porque se hizo en su día muy pequeña para dejar paso a cosas mayores. Y cuando algo es diminuto tiene la posibilidad de crecer. Pero cuando ese algo, lo sea o no, se cree así y sin posibilidad de ser mayor, no hay escapatoria, posibilidad de extenderse. Sólo queda el negro, que pretende salir en forma de tinta, de palabras, de letras, de sentimientos imposibles de expresar en alto. Por ahora el depósito está lleno. Quizá algún día llegue alguien que me ayude a vaciarlo y que después me llene. Mientras tanto, escribiré.

viernes, 30 de agosto de 2013

Vuelta a echar menos de menos, y me refiero a hoy con respecto a mañana.

Vuelta a lo de siempre, a las personas que deberían estar aquí y no allí, y las que están aquí y deberían estar lejos. Vuelta a echar menos de menos; me refiero a hoy con respecto a mañana. Que te puedes aferrar a alguien a quien tienes cerca fácilmente, pero cuando lo haces a personas a las que tienes distantes corres el riesgo de atarte a sus palabras, a sus sentimientos, a ellas en sí. Y joder. Vale, puede que la vida se trate de eso, de saltar vallas que miden más que tú y tener que buscarte la vida para sobrepasarlas, pero esto es diferente. Pasan los minutos, las horas, los días y los meses, y la valla pasa a convertirse en un muro, más grueso, con más fuerza, cada vez más alto. Es entonces, cuando te empiezas a cuestionar lo de asumir riesgos. Lo de querer a personas que no tienes día a día y que te hacen falta para, ya no digo seguir hacia adelante, simplemente seguir en alguna dirección si es que existe eso que llaman felicidad. Qué gracioso, como si fuese algo posible de elegir. De repente, gente aparece en tu vida, en un instante determinado, por casualidad o no tanta, pero ahí está. Y más de repente todavía, cuando te da por girar la cabeza hacia hace lo que parece poco (pero que en realidad es  suficiente para que alguien se haga querer), ya es tarde. Tarde para las risas. Tarde para los adioses. Tarde para agradecer aquello, porque en un simple mensaje de texto no cabe un puto abrazo. Tarde para el verano. Y no me refiero al tiempo atmosférico, sino al estado de ánimo. Todo el calor y el ruido de las carcajadas se convierte en, ¿oyes eso? Se llama lluvia, frío, tormenta. Porque el sol puede estar ahí, en algún lugar, pero los kilómetros de diferencia con respecto a cuando estabais a mi lado se notan. Y, ¿sabéis qué? Tengo miedo a que pronto llegue la calma, el silencio. La vuelta a la soledad.

sábado, 8 de junio de 2013

Aprendí que los monstruos no están debajo de mi cama, sino dentro de mí.

Nunca fui alguien con miedo. Nunca pensé que hubiese algo fuera que no pudiera controlar, que si era malo, no pudiera alejar de mí. Y a medias, estaba en lo cierto. Lo peor que puedes hacer es temer algo, y sobre todo demostrar ese temor, porque entonces es ahí donde los demás van a hacer daño: un punto débil. Siempre va a haber alguien esperando a que bajes la guardia. Siempre va a haber alguien dispuesto a que lo pases mal, lo peor posible. Algo que nunca entenderé, la verdad, puesto que, si no aprecias a una persona, ¿es necesario perder el tiempo pensando de una u otra manera en ella, aunque sea deseándole el mal? No lo creo.

Y aún así, son cosas que se pueden evitar. ¿Miedo a qué, a ver? ¿A que venga un idiota a intentar meter el dedo en la llaga? Que lo intente. Hay pocas cosas más satisfactorias que ver el intento fallido de una persona que intentaba hacer daño y no lo ha conseguido. Y lo mejor, lo mejor de todo, es no devolverle la jugada. No intentar quedarlo aún peor, aunque se lo merezca. Porque te acabas dando cuenta de que sería patético quedar a su nivel, por más que te gustara convertirlo en el hazmerreír de todos.

Pero entonces, cuando crees haber descubierto que no temes a nadie, que a base de golpes te has hecho fuerte, aparece un nuevo enemigo: tú mismo. Y ahí viene la impotencia. La frustración. Las ganas de tirar todo por la borda, porque el esfuerzo ha sido en vano. El no saber qué hacer. Es muy, muy difícil luchar contra uno mismo cada día durante toda una vida cuando te odias. Muy difícil aceptar que aquellos monstruos que de pequeño creías debajo de la cama, están dentro de ti.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Y a pesar de todo, me vas a tener siempre ahí, aunque no quieras.

Se me hace tan difícil llegar a confiar en una persona y quererla, como olvidarla. Creo, incluso, que lo segundo llega al punto de ser imposible. Como si alguien hubiese cogido un permanente y hubiese escrito en algún lugar de mi interior tu nombre por joder, para siempre. Para que cuando intente deshacerme de ti por completo duela, duela mucho, porque en el fondo y aunque me toque la moral, eras parte de mí, y eso no va a cambiar ahora.

Me encantaría arrancar tus recuerdos. Cogerlos y estrujarlos como una bola de papel, hasta que me doliesen las manos de reducirlos a lo mínimo. Me encantaría quemar los restos, ver cómo se quema el dolor poco a poco, lentamente, diciendo un "no volveré más, esto es un adiós". Y después, para asegurarme de que hasta la última ceniza de ti se ha esfumado, las tiraría al mar y reiría. Reiría mucho, muchísimo, a carcajadas. Sí, esas que hacen mil que no salen de mí de verdad.

Y después de todo eso, sería feliz. Como tú lo eres. Seguiría mi vida sin problemas, sin complicaciones, sin ningún vacío, porque después de olvidar no quedaría nada. Nada de las tardes pensando en qué coño he hecho para que esto llegase al límite. Nada de "porqués", de echar de menos.

Pero, ¿sabes qué? Una de las peores cosas que llevo es la que querer ser como tú, la de querer olvidarte, porque aunque ha habido cosas malas, sin duda las cosas buenas las multiplican por un número grande. Ahora, y aunque no lo creas, quiero recordarte como aquello que me hizo sentir tan bien; y quiero, de verdad que sí, que pronto desaparezca la imagen que tengo ahora de ti de mi cabeza y recordar aquella otra. Ah, y otra cosa: aprovecha la capacidad tan natural que tienes de olvidar a la gente como si de beber agua se tratara. Porque de no tenerla ibas a sentirte muy sola aún rodeada de personas, porque a aquellas que vamos a estar ahí siempre, después de todo lo malo que haya pasado, nos has apartado de un golpe seco, sin más.

Lo dicho, y que hay cosas que se pueden dejar apartadas, pero que no se olvidan, y tú no ibas a ser menos.
A pesar de todo.




sábado, 6 de abril de 2013

Los grandes cambios necesitan grandes periodos de tiempo.

Eh, el futuro no es de los políticos. Ni de los reyes. Ni del ejército. Es nuestro, de todos nosotros. No podemos permitirnos mandarlo a la mierda. Porque nuestro "lujo", el quedarnos sentados en el sofá dejando pasar oportunidades, contaminación y cosas peores sin hacer nada en contra, podría ser la perdición de nuestros descendientes o peor aún, la ausencia de ellos. Es una triste realidad. Sí, que con todas las cosas que podría ser el mundo, sea esta mierda. No soy nada optimista, NADA, al contrario, pero sé lo que es el ser humano. Sé lo que ha sido capaz de hacer y lo que podría hacer. Sé que la unión que se consigue en las guerras por parte de un bando y de otro, se podría conseguir en uno solo. Nos haría cambiar, ser felices. Nos haría progresar. ¿Por qué le damos más valor al oro que al agua? Que yo sepa, a falta del primero no moriríamos, pero al revés sí. Somos falibles, sí, he aquí un ejemplo de ello, uno sin sentido: cometemos errores. Pero oye, ya es hora de arreglarlos, ¿no? Es que me parece penoso que errores que hayan MATADO a miles de personas se olviden con facilidad y se vuelvan a cometer en siglos posteriores. Es hora de progresar. De sustituir las armas por manos que ayuden al resto, de hacer que se conviertan en historia, de que llegue el momento de olvidarlas. La hora de educar. No se puede enseñar a un asesino lo que está bien y está mal después de haber matado enviándolo el resto de su vida a la cárcel. Sí, puede que se le quiten las ganas de volver a hacerlo, pero el daño ya está hecho. El truco está en los niños, a los cuales hay que enseñarles el bien, de la mejor forma posible, el ejemplo. No digo que mañana mismo, enseñando una cosa a los pequeños, todo mejore. Sería absurdo. Pero quién sabe en cien, doscientos o trescientos años. Los grandes cambios necesitan grandes periodos de tiempo. Y aún así necesitan ayuda. Nuestra ayuda. De todos, porque somos como una playa, cada fina mota de polvo es uno de nosotros, que una sobre otra acaban formando grandes dunas. Imagina que los grandes cargos son las típicas piedritas que podemos encontrar en la arena. Se han formado por la unión de granos de arena y se ha endurecido. ¿Qué serían esas piedras solas? Nada. No existirían. Así es el mundo, simple: cien personas con sus manos acaban venciendo a una sola con el arma más letal. La unión hace la fuerza, sí; pero tenemos que querer ser fuertes.

lunes, 1 de abril de 2013

Preocuparse menos en olvidar malos momentos y más en crear otros que merezcan ser recordados.

Miedo. Una palabra formada por cinco letras que describe la sensación de temor hacia algo. Un sentimiento que en exceso, como todo, es malo, y que en cambio, controlado es bueno porque sirve de "eh, cuidado con eso, que puede hacer daño", que sirve de aviso.

Hay cientos, miles de tipos de miedos. Pero el peor, sin duda, es el miedo relacionado con otra persona, de la manera que sea. Miedo a que te hiera. Miedo a que te olvide. Miedo a que no te quiera de la manera que a ti te gustaría. Miedo a sentirte inferior, pequeño, indefenso. Pero sobre todo, miedo a perder. A perder a alguien y que esto conlleve perderte a ti mismo. Porque cuando quieres a alguien, mires desde donde mires a esa persona, la vas a ver genial, perfecta, siempre. Y, el día menos pensado, te levantas y te das cuenta de que la has perdido por haberte negado a ver sus pequeños defectos, por haberte negado a no ayudarla a crecer como persona, por haberte dejado cegar por el aprecio y no haber podido abrir los ojos hasta que se ha hecho imposible salvarla.

Ahora es tarde, has perdido. A ese alguien que era tu vida y a ti mismo. Por ver siempre la parte buena de las cosas, por querer ser optimista, por ser simplemente inocente. Te toca sentir el vacío durante días, semanas o meses. Quizá pasen años y todavía esa cicatriz no haya sanado del todo. Quién sabe.  

Pero eh, despierta. La mejor manera de superar ese agujero negro de tu interior no es quedándote solo en casa escuchando las canciones que ambos escuchabais. No borres nada. Coge todas las fotos, los momentos, los recuerdos merecedores de ser recordados y mantenlos vivos en una carpeta llamada "pasado". Aún no, pero algún día podrás abrirla y sonreír con ella, ya verás. El tiempo y las heridas se complementan de forma contraria, es decir, creces en años mientras ves cómo estas van haciéndose más pequeñas cada vez. 

Por último, sal a descubrir el mundo. Es duro, sí, pero acabas dándote cuenta de que el puesto que deja una persona lo ocupa otra. Y no hablo de sustituir a la anterior, por supuesto. Hablo de avanzar. De crecer. De preocuparse menos en olvidar y más de crear momentos que merezcan la pena ser recordados. Pero lo más importante, hablo de ser feliz y de saltar los obstáculos que se nos pongan por delante. De poder decir algún día "Sí, yo sufrí mucho, pero a pesar de ello conseguí salir adelante y hacer de mis meras locuras, la realidad". Todo esto mientras ves los datos de una carpeta con una gran sonrisa, que tiempo atrás llenaste, con una lágrima.

Como dos sustancias químicas en plena transformación.

La personalidad no es algo que cada uno haga por sí solo, aunque muchos os empeñéis en que sois únicos y en que nadie os hará cambiar de opinión. Es absolutamente lo contrario. Al nacer, no tenemos nada, somos tan solo un pequeño cuerpo con muchos años de esperanza. Y nuestra familia nos va ayudando, poco a poco, a crecer tanto por dentro como por fuera, de la manera que creen más adecuada, aún cometiendo errores que conlleva el ser humano. Sin quererlo, construyen una parte de nuestro futuro por nosotros.

Luego, lentamente, vamos conociendo a más gente. Y seguimos con nuestro aprendizaje. Algo que algunos llaman "alma" va creciendo en nuestro interior, la propia personalidad, vaya. Algo formado por miles de milésimas de segundo, por miles de pensamientos y acciones tanto propias como ajenas. Algo tanto mágico como peligroso, que vuela, se entrelaza y dibuja lo que tú quieras que sea, lo que tu cerebro decide ser. Algo que depende de si queremos plasmar el mal o el bien, de si decidimos crear o destruir.

Sin embargo, las personas que de un modo u otro entran en nuestra vida, acaban influyendo mucho, muchísimo, ¿sabes por qué? Porque cuando dos de estas personalidades se juntan, de dos personas distintas pero a la vez iguales, se produce una reacción. Y como dos sustancias químicas, al reaccionar, se transforman, y al transformarse ambas, pueden llegar  a crear un lazo tan estrecho que nadie pudiera deshacer jamás. Pero no te descuides, porque cuando esa transformación parezca lo más fuerte posible, podría llegar un tercero con unas grandes tijeras y, a causa de no poder deshacer el lazo, lo cortaría para siempre en dos mitades prácticamente iguales, prácticamente con los mismos sentimientos del primer día, pero al fin y al cabo, dos cordones rotos sin ninguna otra utilidad que recordar el daño hecho.