viernes, 30 de agosto de 2013

Vuelta a echar menos de menos, y me refiero a hoy con respecto a mañana.

Vuelta a lo de siempre, a las personas que deberían estar aquí y no allí, y las que están aquí y deberían estar lejos. Vuelta a echar menos de menos; me refiero a hoy con respecto a mañana. Que te puedes aferrar a alguien a quien tienes cerca fácilmente, pero cuando lo haces a personas a las que tienes distantes corres el riesgo de atarte a sus palabras, a sus sentimientos, a ellas en sí. Y joder. Vale, puede que la vida se trate de eso, de saltar vallas que miden más que tú y tener que buscarte la vida para sobrepasarlas, pero esto es diferente. Pasan los minutos, las horas, los días y los meses, y la valla pasa a convertirse en un muro, más grueso, con más fuerza, cada vez más alto. Es entonces, cuando te empiezas a cuestionar lo de asumir riesgos. Lo de querer a personas que no tienes día a día y que te hacen falta para, ya no digo seguir hacia adelante, simplemente seguir en alguna dirección si es que existe eso que llaman felicidad. Qué gracioso, como si fuese algo posible de elegir. De repente, gente aparece en tu vida, en un instante determinado, por casualidad o no tanta, pero ahí está. Y más de repente todavía, cuando te da por girar la cabeza hacia hace lo que parece poco (pero que en realidad es  suficiente para que alguien se haga querer), ya es tarde. Tarde para las risas. Tarde para los adioses. Tarde para agradecer aquello, porque en un simple mensaje de texto no cabe un puto abrazo. Tarde para el verano. Y no me refiero al tiempo atmosférico, sino al estado de ánimo. Todo el calor y el ruido de las carcajadas se convierte en, ¿oyes eso? Se llama lluvia, frío, tormenta. Porque el sol puede estar ahí, en algún lugar, pero los kilómetros de diferencia con respecto a cuando estabais a mi lado se notan. Y, ¿sabéis qué? Tengo miedo a que pronto llegue la calma, el silencio. La vuelta a la soledad.

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