Los pájaros huían de la blancura, que eclipsaba al mismísimo Sol. Así pues, a su compás se hacía el silencio y con su complejo de rocío y de oxígeno a la vez, sin ser lo uno ni lo otro, Niebla crecía. Se expandía. Llegaba a los rincones más recónditos y esperaba. Norte, sur. Este, oeste. La primera reacción de sus víctimas era mínima: la miraban, comprobaban que no causaba ningún daño y avanzaban con sus vidas. Inalterable, Ella aguardaba firme en el mismo lugar con la esperanza de que aquella ocasión fuera diferente. De nuevo, sin éxito: frío.
Llegaba el caos. Repentinamente provocaba accidentes múltiples por ser aquello que era y que no recordaba haber tenido la oportunidad de elegir. No había chubasquero que la resistiese y allá por donde pasaba todo acababa mojado. Todo, empapado de esa humedad que hurga hasta los huesos y se instala, pero la cual por más que aprietes no escurre. Sin darse cuenta, así, se liberaba de su tristeza encadenando a otros.
Y es que Ella era eso. Nada y todo, como un experimento fallido a base de reactivos perfectos que acaba en producto desastroso debido a quién sabe qué error de medida. Su conciencia pagaba aquel fallo de la que no era responsable haciendo añicos su autoestima, ya solo visible al microscopio más moderno. Se le hacía imposible asumir su naturaleza, pues llevaba intrínseca la capacidad de desvanecer lo que tocaba. No tenía nada brillante que desprender, no albergaba alegría ninguna con la que definir límites y lograr objetivos alcanzables. Su afán de todo la dejó con nada. Era niebla.
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