sábado, 14 de septiembre de 2013
Y es que qué ilusas somos las personas.
Qué difícil hablar de sentimientos. Hablar de felicidad. De tristeza. De sueños. De esperanzas. De odiar. Y sobre todo de querer. Las personas somos muy dadas a querer pertenecer a algo. A no aguantar sentirnos solas, porque si tenemos oído será por algo, al igual que la boca. Siempre seremos dueños de los abrazos que nos dan, y a su vez, perteneceremos a quien nos preste sus brazos de esa forma. Y es en ese puto momento, en el que viene el problema. El problema en el que la gravedad deja de sostenerte a la tierra y deja esa ocupación al propietario de aquellos brazos que parecían aguantarte mejor que cualquier arnés que se pudiera inventar. Y es que qué ilusas somos las personas. Cuánto nos gusta creer en lo bonito y desechar lo malo. Dejarnos llevar. Cerrar los ojos, subir, bajar; confiar en que puede que exista gente que haga volar sin necesidad de hacer que levantes los pies del suelo. Porque en realidad, la realidad no importa en absoluto. Importa más lo que sientas que lo que veas. Y menos lo que hablen que lo que tú creas. Convicciones que un día, con la mente más relajada, habrías creído locura, pero que sin embargo hoy, las crees poniendo la mano en el fuego. De repente pasa y no puedes escapar. Sensaciones que mientras tu alrededor viaja en autopista y con el día soleado, a ti te hacen subir a una montaña en caminos de tierra, todo curvas, baches y un huracán en el que perderse con el miedo que te oprime. Miedo porque las cosas que un día vienen sin esperarlo, otro día se van con menos aviso todavía de cuando se presentaron por primera vez. Nunca me gustaron las sorpresas. Porque cuando son para bien, no sé qué hacer, es como que me quedo sin aire. Y cuando son para mal... cuando son para mal me quitan la respiración. Las despedidas hacen que la gravedad tenga que volver a hacer su trabajo y ésta, aunque acostumbrada a hacerlo ya antes, nunca se parecerá a aquellos dos arneses. Y es entonces cuando estás pegado a la tierra, sí, pero vas de lado a lado sin saber exactamente un rumbo fijo. Porque el miedo a querer a alguien lo suficiente como para volver a caerte del abrazo desorienta más que cualquier droga habida y por haber. Y sobre todo duele, duele aunque otras miles de personas intenten hacer de anestesia.
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