lunes, 1 de abril de 2013

Como dos sustancias químicas en plena transformación.

La personalidad no es algo que cada uno haga por sí solo, aunque muchos os empeñéis en que sois únicos y en que nadie os hará cambiar de opinión. Es absolutamente lo contrario. Al nacer, no tenemos nada, somos tan solo un pequeño cuerpo con muchos años de esperanza. Y nuestra familia nos va ayudando, poco a poco, a crecer tanto por dentro como por fuera, de la manera que creen más adecuada, aún cometiendo errores que conlleva el ser humano. Sin quererlo, construyen una parte de nuestro futuro por nosotros.

Luego, lentamente, vamos conociendo a más gente. Y seguimos con nuestro aprendizaje. Algo que algunos llaman "alma" va creciendo en nuestro interior, la propia personalidad, vaya. Algo formado por miles de milésimas de segundo, por miles de pensamientos y acciones tanto propias como ajenas. Algo tanto mágico como peligroso, que vuela, se entrelaza y dibuja lo que tú quieras que sea, lo que tu cerebro decide ser. Algo que depende de si queremos plasmar el mal o el bien, de si decidimos crear o destruir.

Sin embargo, las personas que de un modo u otro entran en nuestra vida, acaban influyendo mucho, muchísimo, ¿sabes por qué? Porque cuando dos de estas personalidades se juntan, de dos personas distintas pero a la vez iguales, se produce una reacción. Y como dos sustancias químicas, al reaccionar, se transforman, y al transformarse ambas, pueden llegar  a crear un lazo tan estrecho que nadie pudiera deshacer jamás. Pero no te descuides, porque cuando esa transformación parezca lo más fuerte posible, podría llegar un tercero con unas grandes tijeras y, a causa de no poder deshacer el lazo, lo cortaría para siempre en dos mitades prácticamente iguales, prácticamente con los mismos sentimientos del primer día, pero al fin y al cabo, dos cordones rotos sin ninguna otra utilidad que recordar el daño hecho.

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